
Creo tener el cerebro
entumecido, puede que este desentrenado, puede que solo aletargado o enfermo.
Llevo días sentándome ante la maquina computadora con procesador de textos y
nada de lo que escribo me parece bien. Borro, me doy la vuelta y alimento lo mío
con material en forma de canciones que despierte mi prosa. Y nada. Nada de
nada. Rescato un libro de Liv Ullman de la calle y lo devoro, me entran unas
ganas locas de ir de viaje a la isla donde rodaron Persona. Otro de mis
referentes, otro de mis fetiches, ir a visitar sitios que me motivan. Y también
quizá el primer sitio donde los Dexy’s tocaron por primera vez “Tell me when my
lights turn green”. Puede que la convenza para ir al pueblo donde Wayne era “el
hombre tranquilo”. Eso que no soy yo. El libro de Liv Ullman estaba tirado en
la calle, en la calle Trafalgar de Barcelona, allí donde los chinos escupen y
fuman sin boquilla, lo rescate de dos cajas llenas de libros y de cómics. Me
indigne a la minima que tuve publico, un publico un poco gafapasta como yo, me
indigne hablando de crímenes contra la humanidad (por los libros, nada de
arengas a jueces). Quiero creer que ellos también salvaron parte del hallazgo. Marche
muy digno y algo altivo calle abajo rumbo a la oficina. No logro más que
entristecerme por que el sitio donde nací amenaza ruina. Ruina emocional y
desidia de todos ante las constantes agresiones de dirigentes que bajo el
nombre de la democracia arremeten y entierran mis raíces (y las de lo míos) a
golpe de cemento. De esa fealdad del todo nuevo que va creciendo en este sitio
donde nos toco vivir, nacer y quien sabe si morir. Tarareo mentalmente a John
Foxx en “Europe after the rain” agarrado al volante del viejo Volvo en un semáforo
de una ciudad de extrarradio feísima con pasado industrial esplendoroso, unos
minutos antes estaba pegado al volante en plena tormenta mientras mi celular
buscaba una dirección que prometía calmar mis ansias de bulimia cultural. Mi
cerebro se seguía resistiendo a darme palabras que ordenar y la tristeza volvía
en la visita segunda al lugar donde nací. Aquello tan de mis gentes, que dicen
que llueve y en realidad se mean encima de nosotros. Ya ni es indignante. Solo
es una realidad que jode. Y cada vez que ocurre intento salir corriendo en
busca de cosas que me hagan sentir bien. Y como no llegan las palabras que
busco, las mías, busco entre las líneas de mis maestros. Y sigo planeando viajes
de huida, a sitios que dice Liv, a dos kilómetros de aquí sobre el ronroneo a
dos tiempos de una vieja Lambretta o a las salas de baile de bingos del norte
de Inglaterra donde Kevin se dejaba la voz. Esta semana me salvo la música de
The Arcadians entre otros (buscad las pistas, sed curiosos). Es lunes, parece
que hay tregua de lluvia y el sol me trae palabras. Aquí las pongo. Con el
orden y acierto de uno que tiene el cerebro entumecido.