
Piedras sueltas después de la lluvia y menos
huellas que en los días anteriores en el camino entre bosques y olivos de esta
mañana. Los olivos me fascinan, me vuelven loco, me dan tranquilidad, una
sensación de longevidad que experimento con pocas cosas. Los músculos de un
señor de mi edad se van adaptando a la climatología y el barro nos pone a
prueba en reflejos y estabilidad. Creo que son de las pocas cosas buenas que aprendí
del entreno diario cuando quería ser el mejor piloto de trial-sin del pueblo
donde crecí. Hay marcas de ello en mis piernas y el centro de gravedad claro
desde entonces. En ese rato diario es cuando ordeno imágenes e invento otras,
ese dialogo interior que se nutre de decepciones, anhelos y fantasía. La vieja
historia de siempre, que ayer me sorprendió con imágenes de pueblos de mar, de
cosas de mar y hasta olor a mar justo antes de dormirme. Ese verde subido de
ventanas que sobre pared blanca se muestra hasta turbador. Y promesas de no
repetir palabras ya manidas anteriormente en otras letras que escribí. Palabras
que acabare escribiendo, lo sé. No más futbol, no más amor (la palabra), no más
discos (la palabra) y más corazones abiertos, de par en par. La vuelta se hace
ligera y el llano justo antes de encarar las calles estrechas del barrio donde están
creciendo cosas nuevas es reparador. Ahora la memoria no debería fallar para
dar cuerpo a las tribulaciones de mi cabeza en el largo, tortuoso y hoy
embarrado camino del deporte diario. Mañana el olor de los olivos y de la
tierra me darán para más, seguro.
Me recojo, cierro los ojos y tomo papel en blanco. Debería cortarme el pelo.
Hold on to that lovely day Coati Mundi