Bio

Se me ocurren muchas maneras de presentar a un tipo como Miqui Puig. Podría decir que es un cantante singular y un compositor de canciones que te agarran y ya no te sueltan. Debería añadir también su apego por comunicar, ya sea ante los brillos de un plató televisivo, en la intimidad de un locutorio radiófonico o desde las páginas manchadas de tinta de un fanzine de pequeña tirada. Miqui se muere por contar sus historias y su forma de ver las historias que suceden a nuestro alrededor.

Pero creo que hay otro camino para acercarse a ese tipo llamado Miqui Puig: su pasión por la música. Estamos ante una de esas personas para quien escribir canciones ha significado y significa algo así como una razón para vivir. Aquella por la que uno, en un lunes de frío y lluvia, se levanta de la cama. El motivo de una y mil discusiones entre amigos y cervezas. Una disposición para leer el mundo que nos rodea y, sobre todo, una predisposición para encontrar un papel al que agarrarse cuando nada parece tener sentido. Un diario de lo que nos pasa, un espejo que refleja lo que somos, una guía para los momentos de desolación y, cómo no, la banda sonora de una parte de la vida.

Para alguien de la talla de este tipo que responde al nombre de Miqui Puig, y ya quedan pocos como él, la música es una terapia y, al mismo tiempo, un estilo de vida, una filosofía y, me atrevería a decir, mucho más que un deporte con el que mantenerse en forma: pone en marcha el flujo de sus arterias, golpea su estómago, activa los resortes de su imaginación. Miqui vive la música como nadie que un servidor haya conocido jamás. O quizás sí, pero a diferencia de muchos otros, en cada uno de sus discos encontramos una invitación personalizada para formar parte de algo muy especial. Cada nueva canción es un fogonazo que se adhiere a nuestra alma, una luz que nos ilumina en los breves instantes que dura un estribillo, la magia de los tres minutos de esa cosa llamada pop.

Lo conocí en Granollers a principios de los años 80. Un chaval impecablemente vestido. Los vinilos bajo el brazo y, en la solapa del abrigo, cerca del corazón, las chapas de sus grupos favoritos. Dicen los expertos que es en el tránsito por la adolescencia cuando hacemos de la música un hecho trascendental. Nos acompaña en nuestro camino hacia el terreno de los adultos, documenta nuestra educación sentimental y, tras los días del desconcierto, hace de nosotros la persona que seremos en un futuro. Pasan los años y llegan las obligaciones, las declaraciones de la renta, el trabajo y su ausencia, la pareja y sus compromisos y, en ese devenir existencial, la música se convierte para muchos en un ruido que suena de fondo mientras se está haciendo otra cosa: al conducir camino a casa o en los pasillos de un centro comercial.

Afortunadamente para nosotros, en tipos como Miqui Puig encontramos la persona que lejos de romper sus ideales, ha depurado su maestría compositiva y, con cada una de sus nuevas canciones, es capaz de devolvernos un trozo de nuestro interior que creíamos perdido para siempre. Solo hay una cosa que parece dar sentido y continuidad al fluir de los años, los grupos, los proyectos, los triunfos y los fracasos de una carrera como la suya, y reside en una misma lealtad a uno mismo. Miqui ha sido fiel, como poca gente que haya tenido el placer de conocer, al sueño fundacional del adolescente que conocí hace más de 30 años. Decidió vivir su vida en sus canciones y, con una honestidad que sigue intacta, aquí está de nuevo: invitándonos a vivir nuestras vidas en esas mismas canciones.

Joan Manel Jubany i Esteve


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